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ACTUALIDAD LEGAL

En nuestro blog encontrarás información actualizada, clara y relevante sobre las principales novedades jurídicas en Colombia y a nivel internacional. Analizamos cambios normativos, decisiones clave y tendencias legales que pueden impactar tanto a personas como a empresas.​

LAS ELECCIONES NO DIVIDIERON A COLOMBIA: LA OBLIGARON A MIRARSE AL ESPEJO

  • 22 jun
  • 5 min de lectura
El llamado a la coherencia. Las elecciones presidenciales de 2026 dejaron una sensación extraña. Más allá de los resultados, los porcentajes o los nombres propios, quedó la impresión de que el país pasó meses hablando sin escucharse.
No hubo noticia que no fuera interpretada desde una orilla política. No hubo debate que no terminara convertido en un enfrentamiento moral. Surgieron canales de YouTube, perfiles de redes sociales y espacios de opinión dedicados exclusivamente a defender a un candidato y desacreditar al otro. En muchos casos, la información dejó de ser una herramienta para comprender y se convirtió en un instrumento para confirmar prejuicios.
Pero detrás de cada postura política hay una historia. Y quizás hemos olvidado escucharlas.

Hay una parte de Colombia que habla desde el dolor. Desde familias marcadas por la violencia, por el conflicto armado, por el desplazamiento, por la desaparición de seres queridos. Personas que crecieron viendo cómo el Estado llegaba tarde o no llegaba. Comunidades que durante décadas sintieron que la justicia y las oportunidades eran privilegios reservados para otros. Para muchos de ellos, los discursos de cambio representan una esperanza de reparación histórica.

Del otro lado existe otra Colombia que también habla desde el miedo. No necesariamente desde el privilegio, como suele afirmarse con facilidad, sino desde el temor a perder aquello que generaciones enteras construyeron con esfuerzo. Familias que levantaron empresas, negocios, empleos y proyectos de vida en medio de un país difícil. Personas que ven en la estabilidad económica una condición indispensable para el progreso y que observan con preocupación cualquier propuesta que perciban como una amenaza para aquello que tanto trabajo les costó conseguir.
Y aunque pareciera que estos dos mundos son irreconciliables, ambos comparten algo fundamental: quieren una Colombia mejor.

Unos desean justicia. Otros desean estabilidad.
Unos exigen oportunidades. Otros buscan preservar lo construido.
Unos hablan desde heridas abiertas. Otros desde el miedo a abrir nuevas.

Lo paradójico es que, en esencia, ninguno desea la pobreza, la violencia, la corrupción o la desigualdad.
Sin embargo, el debate público ha terminado reduciendo realidades complejas a etiquetas simplistas. Izquierda o derecha. Pueblo o élite. Cambio o tradición. Como si la vida de más de cincuenta millones de personas pudiera resumirse en dos bandos.

Mientras tanto, continúan las amenazas de actores externos que utilizan el miedo como herramienta política. Migrantes latinoamericanos observan con incertidumbre decisiones tomadas en otros países que afectan directamente sus vidas. En Colombia, algunos líderes amenazan con incendiar el país si los resultados no les favorecen. La violencia sigue apareciendo como lenguaje cotidiano. Y en medio de todo esto, millones de ciudadanos continúan enfrentando problemas mucho más urgentes: desempleo, inseguridad, acceso limitado a la educación, servicios públicos deficientes y falta de oportunidades.

Quizás el verdadero resultado de estas elecciones no fue la victoria de un sector político sobre otro.
Quizás el verdadero resultado fue descubrir cuánto desconocemos del país que compartimos.
Porque mientras discutíamos quién tenía razón, olvidamos preguntarnos por qué el otro piensa como piensa.
Mientras defendíamos nuestras convicciones, dejamos de cuestionar si realmente conocíamos las propuestas que apoyábamos.

Mientras compartíamos publicaciones en redes sociales, tal vez dejamos que los algoritmos decidieran qué pensar sobre nuestro propio país.
Y ahí surge una pregunta incómoda: ¿estamos siendo realmente objetivos?. ¿Leímos los programas de gobierno?
¿Analizamos las propuestas económicas, sociales y ambientales?. ¿O simplemente permitimos que la indignación, el miedo o las redes sociales construyeran nuestro criterio?

Antes de mencionar algunos ejemplos, considero importante hacer una precisión. No pretendo comparar a Colombia con otros países ni sugerir que las soluciones implementadas en otras naciones puedan trasladarse automáticamente a nuestra realidad. Cada país de América Latina carga con su propia historia, sus propias heridas, desigualdades, conflictos y desafíos institucionales. Lo que funciona en un contexto determinado no necesariamente será aplicable en otro.
Sin embargo, observar experiencias ajenas puede servirnos para reflexionar. No desde la imitación, sino desde la capacidad de reconocer que existen principios que trascienden las ideologías: la protección de la infancia, la protección a la labor económica de la creación de empresas en le país, el acceso a oportunidades, la construcción de instituciones sólidas, la protección a la constitución, la generación de empleo, el respeto por la dignidad humana y el cuidado del medio ambiente . A veces, pensar con objetividad no es una cuestión de ideología ni de patriotismo, sino de realidad y de humanismo.

Desde esa perspectiva, existen ejemplos dentro y fuera de América Latina que demuestran que el desarrollo no pertenece exclusivamente a una ideología.
-En Uruguay, gobiernos de distintas corrientes políticas han mantenido durante décadas una apuesta común por la fortaleza institucional, la educación y la protección social, entendiendo que ciertos objetivos nacionales deben trascender los ciclos electorales.
-En Costa Rica, la decisión histórica de priorizar la educación, la protección ambiental y la inversión social permitió construir uno de los modelos de desarrollo humano más reconocidos de la región. Allí se comprendió que el bienestar colectivo no puede depender exclusivamente de quién ocupe el poder.
-Chile, por su parte, ha demostrado que el crecimiento económico y la inversión social no tienen por qué ser enemigos. A través de gobiernos de diferentes orientaciones políticas se han impulsado estrategias para reducir la pobreza, ampliar el acceso a la educación y fortalecer la economía, entendiendo que la prosperidad requiere tanto oportunidades como estabilidad.
-Incluso en Colombia existen ejemplos esperanzadores. Medellín pasó de ser un símbolo de violencia a convertirse en un referente internacional de innovación urbana gracias a proyectos de movilidad, educación, recuperación de espacios públicos e inclusión social que fueron continuados y fortalecidos por administraciones de distintas tendencias políticas. En diversas regiones del país, comunidades enteras han trabajado juntas para proteger ecosistemas, impulsar el turismo sostenible o fortalecer economías locales sin preguntarse primero por la ideología de quienes participan.

Durante mi experiencia como migrante en Alemania he observado algo similar. Existen profundas diferencias políticas sobre migración, economía, energía o política exterior. Los debates son intensos y las posiciones muchas veces opuestas. Sin embargo, hay consensos básicos que rara vez se ponen en duda: la importancia de instituciones sólidas, servicios públicos funcionales, educación de calidad y reglas de juego claras para ciudadanos y empresas. Nadie considera que proteger esos pilares sea una victoria de la izquierda o de la derecha; se entiende simplemente como una responsabilidad colectiva.

Las carreteras que unen pueblos no son de izquierda ni de derecha. Los hospitales que atienden a una madre no preguntan por quién votó. La calidad de una escuela no debería depender de la ideología del alcalde o del presidente de turno. Los niños no pertenecen a un partido político. Y el medio ambiente hasta se ha declarado en oportunidades patrimonio natural, Paisaje Cultural o sujeto de derechos, lo cual dice que hay cosas que para ser grandes en sí mismas, no depende de la famosa Teoría de la supremacía del hombre.

Las mejores sociedades no son aquellas donde todos piensan igual.
Son aquellas donde personas que piensan diferente son capaces de construir juntas.
Tal vez por eso este no es un llamado a la izquierda ni a la derecha.
Es un llamado a la coherencia.
A reconocer que ningún sector político posee todas las respuestas.
A aceptar que existen realidades distintas a la nuestra.
A comprender que el sufrimiento del otro no invalida nuestras propias preocupaciones.
Y, sobre todo, a preguntarnos si estamos defendiendo un proyecto real para la Colombia que queremos construir o simplemente estamos defendiendo al bando al que decidimos pertenecer.
Qué estás realmente haciendo tu por Colombia, desde donde estás y desde tu área de conocimiento?.
Porque al final, después de las elecciones, después de las campañas y después de los discursos, seguiremos compartiendo el mismo país.
Y la pregunta que queda no es quién ganó.
La pregunta es si seremos capaces de construir una Colombia en la que quepamos todos.
 
 
 

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